Editorial Revista Punto Final
El comienzo del mandato de cuatro años de Michelle Bachelet tiene significados múltiples. Deberá corregir el modelo hasta ahora aplicado por los gobiernos de la Concertación si quiere tener éxito en su tarea y cumplir lo prometido en la campaña. Tendrá que hacer cambios sustantivos a un modelo cuya ortodoxia acumula fuertes tensiones sociales.
La presencia de treinta jefes de Estado en la transmisión del mando evidencia la expectativa que despierta el nuevo gobierno. La ejemplifica también la asistencia de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice. Como señal de buena voluntad se debe interpretar la concurrencia de los presidentes de Argentina, Néstor Kirchner, de Perú, Alejandro Toledo y de Evo Morales, presidente de Bolivia, países vecinos con los cuales los vínculos han pasado por serias dificultades. Significativas también son la presencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y de Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil.
Michelle Bachelet asume el gobierno en un momento en que se acentúan y generalizan movilizaciones sociales y cambios políticos en el continente. Se está gestando una etapa que deja atrás tanto el trauma de las dictaduras militares apoyadas por Estados Unidos como las democracias neoliberales que han fracasado. Se inicia un proceso de cambios que no dependerá sólo de la consecuencia de los gobiernos y del apoyo y organización de los pueblos, sino también del estrechamiento de lazos entre los latinoamericanos con vistas a una integración con horizontes de fraternidad, entendimiento y proyectos comunes.
El obstáculo principal para el entendimiento latinoamericano ha sido y es Estados Unidos, a cuyos intereses conviene que los latinoamericanos sigamos desunidos. Estimula y exacerba las diferencias y apoya a grupos chovinistas en todos los países. América Latina debe enfrentar las políticas del presidente Bush que vulneran la paz mundial y amenazan a cada pueblo que pretende liberarse de la pobreza. En el caso de la región, la política norteamericana tiene particularidades. Nuestro continente representa la reserva geopolítica de EE.UU. para afrontar el desafío de los bloques emergentes en la lucha por el dominio mundial.
La guerra fría fue sustituida por la guerra contra el terrorismo. Esta guerra no tiene duración previsible ni campo de batalla específico. Abarca todo el mundo. Sirve a los propósitos hegemónicos de Estados Unidos porque demoniza a todos los que luchan por la independencia y soberanía nacional. La guerra es el instrumento central de la política norteamericana. Afganistán e Iraq han sido pretextos -ahora amenaza a Irán- para establecer enclaves de dominación, controlar áreas petroleras vitales y acercarse a las fronteras de Rusia y China. Estados Unidos se ha puesto fuera de la legalidad internacional. Declara guerras por razones que resultan falsas y no respeta los derechos humanos de los combatientes y de la población civil. Cientos de presos en Guantánamo sufren tortura y están al margen de todo debido proceso, a pesar de las exigencias de Naciones Unidas y del Parlamento Europeo. Se aplican torturas en las cárceles de Iraq y Afganistán y en prisiones secretas dispersas en Europa. En el propio territorio estadounidense hay más de cinco mil detenidos por la aplicación de la legislación antiterrorista cuya identidad se desconoce.
Esta política imperial, belicista e inescrupulosa, no impide que Estados Unidos se permita calumniar a otros países por supuestas violaciones a los derechos humanos y a normas democráticas, como lo hace con Cuba y Venezuela. A ellos ha atacado la secretaria de Estado Condoleezza Rice, llamando a formar un frente contra el gobierno del presidente Chávez. El mandatario venezolano ha denunciado planes intervencionistas norteamericanos y proyectos para desmembrar Venezuela.
Pero Estados Unidos necesita mayor espacio geopolítico y más materias primas y recursos naturales para enfrentar al bloque europeo, a Rusia, China y eventualmente a la India. Para eso está América Latina. En esa concepción se inscribe el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca). Materias primas y manufacturas, científicos, técnicos y mano de obra, fuerzas armadas auxiliares para sus planes de dominación mundial, serán el botín.
En ese contexto América Latina experimenta un despertar. El neoliberalismo es repudiado. En los países andinos, los indígenas conquistan posiciones que nunca antes tuvieron. Cuba se mantiene a pie firme ante las nuevas provocaciones y represalias. Hugo Chávez y Venezuela están en la mira de la Casa Blanca dispuesta a todo, hasta al asesinato y la agresión armada. Los servicios de inteligencia norteamericanos se inmiscuyen descaradamente en los asuntos venezolanos. John Negroponte, jefe de la inteligencia norteamericana, afirma que Venezuela despilfarra recursos en una política exterior “extravagante”. Esa política siniestra del imperio recluta al primer ministro británico, Tony Blair -cómplice en la psicosis guerrerista de Bush-, que hipócritamente llama a Venezuela a “respetar” la democracia. Entretanto, Estados Unidos financia y participa en la lucha contra las Farc en una guerra civil en Colombia que no tiene otra salida que un acuerdo de paz. En ese país se está instalando una plaza militar norteamericana.
No hay mejor defensa para los latinoamericanos que la integración. Los avances deberán lograrse a través de políticas que apunten a la complementación cultural, política y militar. Se trata de conformar una comunidad de países que permita -paulatinamente- asumir una identidad que no borre las distintas nacionalidades ni a los pueblos indígenas, orientada por una voluntad política de destino compartido.
La vocación latinoamericana no es una nostalgia imposible. Constituye una realidad que hasta hoy ha sido sofocada pero no hay razones de fondo que impidan el entendimiento de los pueblos. Grandes proyectos transformadores necesitan de la participación y compromiso de todos.
El sueño de los libertadores, la utopía imposible, se convierte en un desafío abordable. Se abren horizontes ilimitados, especialmente a los jóvenes, a las etnias originarias, a las mujeres y a las minorías discriminadas, si los gobiernos y los pueblos se comprometen en este camino de futuro. Hasta ahora Chile se ha mostrado reticente a ese camino por influencia del imperio, y también por la presión de los sectores dominantes. Pero este encuentro en Santiago de mandatarios que promueven la integración regional debería ayudar a producir un cambio en el nuevo gobierno chileno.
La voluntad latinoamericana debe ser decidida y clara. No todos los problemas pueden resolverse en corto tiempo. Son demasiados años de divisiones y resquemores. Pesan, a veces, agravios de siglos. La división siempre favorece al adversario. Hasta ahora ha tenido éxito. Pero no es una fatalidad histórica. Es tiempo de cambiar