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Terra
La Coctelera

TIEMPO DE CAMBIO

Editorial Revista Punto Final

El comienzo del mandato de cuatro años de Michelle Bachelet tiene significados múltiples. Deberá corregir el modelo hasta ahora aplicado por los gobiernos de la Concertación si quiere tener éxito en su tarea y cumplir lo prometido en la campaña. Tendrá que hacer cambios sustantivos a un modelo cuya ortodoxia acumula fuertes tensiones sociales.
La presencia de treinta jefes de Estado en la transmisión del mando evidencia la expectativa que despierta el nuevo gobierno. La ejemplifica también la asistencia de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice. Como señal de buena voluntad se debe interpretar la concurrencia de los presidentes de Argentina, Néstor Kirchner, de Perú, Alejandro Toledo y de Evo Morales, presidente de Bolivia, países vecinos con los cuales los vínculos han pasado por serias dificultades. Significativas también son la presencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y de Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil.
Michelle Bachelet asume el gobierno en un momento en que se acentúan y generalizan movilizaciones sociales y cambios políticos en el continente. Se está gestando una etapa que deja atrás tanto el trauma de las dictaduras militares apoyadas por Estados Unidos como las democracias neoliberales que han fracasado. Se inicia un proceso de cambios que no dependerá sólo de la consecuencia de los gobiernos y del apoyo y organización de los pueblos, sino también del estrechamiento de lazos entre los latinoamericanos con vistas a una integración con horizontes de fraternidad, entendimiento y proyectos comunes.
El obstáculo principal para el entendimiento latinoamericano ha sido y es Estados Unidos, a cuyos intereses conviene que los latinoamericanos sigamos desunidos. Estimula y exacerba las diferencias y apoya a grupos chovinistas en todos los países. América Latina debe enfrentar las políticas del presidente Bush que vulneran la paz mundial y amenazan a cada pueblo que pretende liberarse de la pobreza. En el caso de la región, la política norteamericana tiene particularidades. Nuestro continente representa la reserva geopolítica de EE.UU. para afrontar el desafío de los bloques emergentes en la lucha por el dominio mundial.
La guerra fría fue sustituida por la guerra contra el terrorismo. Esta guerra no tiene duración previsible ni campo de batalla específico. Abarca todo el mundo. Sirve a los propósitos hegemónicos de Estados Unidos porque demoniza a todos los que luchan por la independencia y soberanía nacional. La guerra es el instrumento central de la política norteamericana. Afganistán e Iraq han sido pretextos -ahora amenaza a Irán- para establecer enclaves de dominación, controlar áreas petroleras vitales y acercarse a las fronteras de Rusia y China. Estados Unidos se ha puesto fuera de la legalidad internacional. Declara guerras por razones que resultan falsas y no respeta los derechos humanos de los combatientes y de la población civil. Cientos de presos en Guantánamo sufren tortura y están al margen de todo debido proceso, a pesar de las exigencias de Naciones Unidas y del Parlamento Europeo. Se aplican torturas en las cárceles de Iraq y Afganistán y en prisiones secretas dispersas en Europa. En el propio territorio estadounidense hay más de cinco mil detenidos por la aplicación de la legislación antiterrorista cuya identidad se desconoce.
Esta política imperial, belicista e inescrupulosa, no impide que Estados Unidos se permita calumniar a otros países por supuestas violaciones a los derechos humanos y a normas democráticas, como lo hace con Cuba y Venezuela. A ellos ha atacado la secretaria de Estado Condoleezza Rice, llamando a formar un frente contra el gobierno del presidente Chávez. El mandatario venezolano ha denunciado planes intervencionistas norteamericanos y proyectos para desmembrar Venezuela.
Pero Estados Unidos necesita mayor espacio geopolítico y más materias primas y recursos naturales para enfrentar al bloque europeo, a Rusia, China y eventualmente a la India. Para eso está América Latina. En esa concepción se inscribe el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca). Materias primas y manufacturas, científicos, técnicos y mano de obra, fuerzas armadas auxiliares para sus planes de dominación mundial, serán el botín.
En ese contexto América Latina experimenta un despertar. El neoliberalismo es repudiado. En los países andinos, los indígenas conquistan posiciones que nunca antes tuvieron. Cuba se mantiene a pie firme ante las nuevas provocaciones y represalias. Hugo Chávez y Venezuela están en la mira de la Casa Blanca dispuesta a todo, hasta al asesinato y la agresión armada. Los servicios de inteligencia norteamericanos se inmiscuyen descaradamente en los asuntos venezolanos. John Negroponte, jefe de la inteligencia norteamericana, afirma que Venezuela despilfarra recursos en una política exterior “extravagante”. Esa política siniestra del imperio recluta al primer ministro británico, Tony Blair -cómplice en la psicosis guerrerista de Bush-, que hipócritamente llama a Venezuela a “respetar” la democracia. Entretanto, Estados Unidos financia y participa en la lucha contra las Farc en una guerra civil en Colombia que no tiene otra salida que un acuerdo de paz. En ese país se está instalando una plaza militar norteamericana.
No hay mejor defensa para los latinoamericanos que la integración. Los avances deberán lograrse a través de políticas que apunten a la complementación cultural, política y militar. Se trata de conformar una comunidad de países que permita -paulatinamente- asumir una identidad que no borre las distintas nacionalidades ni a los pueblos indígenas, orientada por una voluntad política de destino compartido.
La vocación latinoamericana no es una nostalgia imposible. Constituye una realidad que hasta hoy ha sido sofocada pero no hay razones de fondo que impidan el entendimiento de los pueblos. Grandes proyectos transformadores necesitan de la participación y compromiso de todos.
El sueño de los libertadores, la utopía imposible, se convierte en un desafío abordable. Se abren horizontes ilimitados, especialmente a los jóvenes, a las etnias originarias, a las mujeres y a las minorías discriminadas, si los gobiernos y los pueblos se comprometen en este camino de futuro. Hasta ahora Chile se ha mostrado reticente a ese camino por influencia del imperio, y también por la presión de los sectores dominantes. Pero este encuentro en Santiago de mandatarios que promueven la integración regional debería ayudar a producir un cambio en el nuevo gobierno chileno.
La voluntad latinoamericana debe ser decidida y clara. No todos los problemas pueden resolverse en corto tiempo. Son demasiados años de divisiones y resquemores. Pesan, a veces, agravios de siglos. La división siempre favorece al adversario. Hasta ahora ha tenido éxito. Pero no es una fatalidad histórica. Es tiempo de cambiar

ASIA, AMÉRICA Y LA SUPERPOTENCIA

La integración regional asiática y latinoamericana presagia un mundo desafiante que ha escapado del control de EEUU
Noam Chomsky
La perspectiva de que Europa y Asia puedan adquirir una independencia mayor ha preocupado a los planificadores de Estados Unidos desde la segunda guerra mundial. La inquietud simplemente ha aumentado desde que el "orden tripolar" --Europa, Norteamérica y Asia-- se ha continuando desarrollando. De manera progresiva, también Latinoamérica se está volviendo más independiente. Ahora Asia y las Américas están reforzando sus lazos mientras la superpotencia reinante (EEUU), la excepción, se está consumiendo en desventuras en el Oriente Próximo.
La integración regional en Asia y en Latinoamérica es un tema crucial y cada vez más importante que, desde la perspectiva de Washington, presagia a un mundo desafiante que se ha escapado de su control. Por supuesto, la explotación de fuentes de energía se mantiene como un factor definitorio en todas partes.
China, a diferencia de Europa, no acepta la intimidación de Washington, razón que desata el miedo a este gigante entre los rectores estadounidenses. Y se presenta un dilema, porque la confrontación está bloqueada por la confianza de las corporaciones norteamericanas en China como una plataforma de exportación y un mercado en crecimiento, y también por las reservas financieras de esa gigantesca nación, que, según los últimos datos, se aproximan en escala a las de Japón.
En enero, el rey de Arabia Saudí visitó Pekín, lo cual parece un preludio de entendimiento, proponiendo un "aumento de la cooperación y de las inversiones entre los dos países en petróleo, gas natural e inversiones", según indica The Wall Street Journal.
Gran parte del petróleo de Irán es enviado a China, y China está proveyendo a Irán con armas que ambos estados parecen considerar una fuerza disuasoria para los designios de EEUU. La India también tiene opciones. Puede elegir ser un cliente de EEUU o preferir unirse al bloque más independiente de Asia que está adquiriendo forma, con crecientes lazos con los productores medianos de petróleo. Siddarth Varadarjan, subdirector de la publicación The Hindu, observa que "si el siglo XXI va a ser 'el siglo asiático', la pasividad de Asia en el sector energético tiene que finalizar".
LA CLAVE ESTÁ en la cooperación entre la India y China. En enero, un acuerdo firmado en Pekín "abrió el camino para que la India y China colaboren no solamente en la tecnología, sino también en la exploración y producción de hidrocarburos, una asociación que puede eventualmente alterar ecuaciones fundamentales en el sector mundial de petróleo y de gas natural", señala Varadarjan.
Un paso adicional, que ya está siendo previsto, es un mercado asiático de intercambio en euros. El impacto en el sistema financiero internacional y en el balance de poder global puede ser significativo. No es, por tanto, una sorpresa que Bush haya viajado en fecha reciente a la India, tratando de mantener a ese país como aliado, ofreciendo cooperación nuclear y otros incentivos como atracción.
Mientras tanto, en Latinoamérica, los gobiernos de centroizquierda prevalecen desde Venezuela hasta la Argentina. La población indígena se ha vuelto mucho más activa e influyente, particularmente en Bolivia y en Ecuador, donde los aborígenes quieren que el petróleo y el gas sea controlado a nivel interno, y en algunos casos se oponen totalmente a la producción. Aparentemente, muchos indígenas no encuentran razón alguna por la cual sus vidas, sociedades y culturas deban estar perturbadas o ser destruidas para que los neoyorquinos puedan paralizar totalmente el tráfico al mando de sus camionetas.
Venezuela, principal exportador de crudo del hemisferio, ha forjado posiblemente las relaciones más cercanas que cualquier otro país latinomericano con China, y está planeando vender crecientes cantidades de petróleo a Pekín como parte de su esfuerzo para reducir la dependencia del abiertamente hostil Gobierno de Estados Unidos.
Venezuela se ha unido a Mercosur, una unión aduanera del sur de América. La acción del Gobierno de Caracas fue considerada por el presidente argentino Néstor Kirchner como un "hito" en el desarrollo de este bloque comercial. Por su parte, el presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, dio la bienvenida a Venezuela como un "nuevo capítulo en nuestra integración".
Venezuela, además de suplir con combustible a la Argentina, compró casi un tercio de la deuda argentina librada en el 2005, como parte del esfuerzo de toda la región por rescatar a los países del control del Fondo Monetario Internacional (FMI) tras dos décadas de una desastrosa y sumisa conformidad a las reglas impuestas por las instituciones financieras internacionales dominadas por Estados Unidos.
Los pasos hacia la integración del Cono Sur avanzaron más en diciembre con la elección de Evo Morales en Bolivia, el primer presidente indígena del país. Morales se movió rápidamente para alcanzar una serie de acuerdos energéticos con Venezuela. The Financial Times ha informado que "se espera que éstos respalden próximas reformas radicales a la economía y al sector energético de Bolivia" con sus grandes reservas de gas, sólo superadas por Venezuela en América del Sur.
Las relaciones entre Cuba y Venezuela se han vuelto más cercanas que nunca, cada uno apoyándose en sus respectivas ventajas. Venezuela está proveyendo petróleo a bajo costo mientras que Cuba, en retorno, organiza programas de alfabetización y salud, enviando miles de profesionales altamente entrenados, maestros y médicos, que trabajan en las áreas más pobres y abandonadas, como lo hacen en otras partes del Tercer Mundo.
La asistencia médica cubana es también bienvenida en otras partes. Una de las tragedias más horribles de los años recientes fue el terremoto en Pakistán del pasado octubre. Además de la gran cantidad de muertos, un número desconocido de supervivientes tuvo que enfrentarse a un brutal clima invernal con muy poco refugio, comida o asistencia médica.
"CUBA HA abastecido a Pakistán con el más grande contingente de médicos y personal sanitario" pagando todos los costos (tal vez con financiación venezolana), según escribe John Cherian en India's Frontline, citando a Dawn, un importante diario paquistaní.
El presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, expresó su "profunda gratitud" a Fidel Castro por el "espíritu y la compasión" de los equipos médicos cubanos --que incluía más de 1.000 médicos y auxiliares, de los cuales un 44% eran mujeres-- quienes continuaron trabajando en remotos pueblos de las montañas "viviendo en carpas en climas de temperaturas a bajo cero y en una cultura extranjera" después de que los equipos de ayuda occidentales se retiraron.
Los crecientes movimientos populares, principalmente en el Sur, pero con una creciente participación en los países industriales ricos, sirven como base para muchos de estos desarrollos hacia una mayor independencia y preocupación por las necesidades de la gran mayoría de la población.

Noam Chomsky. Distribuido por The New York Times Syndicate.
*Profesor de Lingüística del Instituto Tecnológico de Massachusetts y autor de Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista de EEUU (Ediciones B).

CHILE: DE LAS DOS DERROTAS A LA CONSOLIDACIÓN DEL NEOLIBERALISMO

Somos herederos de una larga tradición de lucha. Pero a la vez somos hijos de dos generaciones derrotadas. En la vida Partidaria y el conjunto de la izquierda la primera aseveración es vista como motivo de orgullo y glorificación, en cambio, la segunda es comúnmente olvidada para realizar análisis y acciones en pos de lograr una sociedad más justa y solidaria, que nosotros llamamos SOCIALISMO.
Las dos derrotas a las que me refiero son; la tragedia en que terminó el proceso de masas conscientes más grande de nuestra historia en los años 70, que desembocó en la cruel y genocida dictadura militar de Pinochet. Y más adelante, la llamada transición democrática, liderada por la Concertación , sin considerar en nada los intereses de los sectores populares y las clases subalternas, luego de un auge en la decisión política de las mayorías durante los 80.
Ambos procesos truncados se encuentran en constante relación con la instauración del neoliberalismo en Chile. Una relación dialéctica, en que cada derrota, da paso a consolidar el sistema dominante, que pasaremos a explicar a continuación.
Análisis del proceso revolucionario Chileno
A menudo cuando se habla de las causas del golpe de estado y la incapacidad de la izquierda para responder al ataque final que costó perder todo un proceso de décadas, se tiende a hacer un ejercicio reduccionista de decir que el gran error del PC fue no haber desarrollado una política militar. Quiero que quede claro que lo que planteamos no es antagónico al argumento anterior, sino que hay que hacer un análisis mucho más completo de las causas de la derrota sufrida. En primer lugar, criticar el intento de hegemonía en el movimiento obrero que el PC tenía e impidió desarrollar el poder popular, que en ese momento se gestaba embrionariamente en los cordones industriales, los comandos comunales y otros organismos. La razón que esgrimía nuestro partido era que el único representante real de los trabajadores era la CUT , pero no se daban cuenta que la Central fue creada en condiciones de luchar por los derechos laborales en el sistema capitalista y por lo tanto su fin último era una lucha por reivindicaciones económicas y poseía una estructura orgánica de acuerdo con lo anterior. En segundo lugar la falta de unidad real de la izquierda debido a la dicotomía reforma o revolución, por un lado el PC y Allende y por otro el PS y el MIR. Ambos sectores cayeron en errores, uno que creía fielmente en la vía pacífica y en la legalidad y el otro en continuamente negarse a desarrollar táctica políticas de corto plazo de acuerdos momentáneos con sectores progresistas de la burguesía y que permitieran a la larga un avance del movimiento revolucionario. Aunque es interesante destacar que dichos sectores del ala izquierda como el MIR decidieron el año 73 ir a las próximas elecciones y que durante el primer año de dictadura Miguel Enríquez llamó a formar un frente amplio junto a los progresistas de la DC en contra de la “dictadura gorila” (1).
La coerción necesaria en la instauración del neoliberalismo
La primera derrota mencionada hace alusión al golpe militar, por lo que se hace evidente que para la instauración del capitalismo salvaje fue necesario usar toda la fuerza coercitiva del estado y así reprimir cualquier posición disidente a la oficial. Aquella frase de Marx en que se refiere “a la violencia como partera de la historia” cobra sumamente validez. La represión y el genocidio fueron claves en el primer periodo del proceso de sometimiento de las clases subalternas al neoliberalismo.
Las privatizaciones de las empresas públicas, la atomización de la Educación tanto básica, media como superior, a través de la municipalización de la enseñanza primaria y secundaria y la división de las universidades nacionales (U. de Chile y Técnica del Estado), en diversas universidades regionales. La constitución autoritaria que es el pilar fundamental de un sistema de libre mercado. Todas estas acciones, que tienden a fomentar una sociedad llamada “liberal y democrática” por los autores del neoliberalismo, en sus orígenes lo que menos tienen son elementos democráticos y libertarios, sino la más grosera violencia masiva y el atropello de DDHH más atroz que ha vivido nuestro pueblo.
El consenso cultural como pilar fundamental en la dominación y la llamada “transición democrática”.
El plebiscito del 5 de octubre de 1988 no sólo marca el comienzo del fin de la dictadura militar, sino que el inicio del domino que las clases dominantes efectúan a través del consenso cultural y progresivamente cada vez menos mediante la coerción, para la preservación y estabilidad del modelo capitalista neoliberal. El método usado para llevar adelante este proceso ha sido continuamente el engaño y la mentira vestidos eufemísticamente con ropajes de “izquierda”. Por ejemplo en los 16 años de Concertación, esta coalición todavía no cumple sus dos principios fundacionales, los cuales eran, acabar con la Constitución de 1980 y con el modelo neoliberal. Es por razones como estas que aún no sabemos cuando acabará la llamada “transición democrática”, término que lo único que significa es que se han hecho cambios o modificado matices en la superestructura del estado, pero en el fondo las relaciones sociales se mantiene iguales o peores que en tiempos de dictadura.
El dominio cultural se ejecuta con el fin de imponer la visión del mundo de la clase dominante en las clases subalternas, para esto se utilizan diversos mecanismos de control de masas, como los medios de comunicación que fomentan el individualismo exacerbado e inconsciente. También otra de las formas que más ha funcionado ha sido la captación por parte de la clase dominante en sus empresas y en el estado de intelectuales que históricamente fueron de izquierda, lo que en el lenguaje gramsciano se conoce como transformismo político, para así dotar de una vestimenta “progresista” al modelo y efectuar la “revolución pasiva”(2), es decir, enarbolar las banderas de los trabajadores en el discurso pero no en la práctica como mecanismo para atenuar las posibles movilizaciones sociales que pudiesen darse.
Es por esto que resulta inconcebible que el PC haya decidido apoyar a Michelle Bachelet en segunda vuelta, teniendo presente las continuas jugadas engañosas que la Concertación ha realizado en estos años. Contentándose con los llamados “5 puntos”, que no cuestionan en nada el modelo capitalista neoliberal, y además permitiendo que la opinión pública sólo piense que nosotros luchamos en contra del Sistema Binominal, debido al enfoque específico que se le ha hecho, que para la mayoría del pueblo parece una mezquina demanda política de un grupo de la elite excluido, y no un reclamo político social. El partido olvida hacer eco del buen sentir que puede tener las clases subalternas, pues existen muchas otras temáticas que son más de interés al buen sentido popular. ¿Cuál tema es más convocante, el binominal, o Pascua Lama y el derecho a huelga?
No es difícil darse cuenta que las dos últimas son capaces de fomentar una movilización social, en vez de la primera. Lo que demuestra claramente que el PC es un partido con falta de instinto político y cuya responsabilidad en esto le cabe casi exclusivamente a los dirigentes, pues tienen atributos omnipotentes que son imposibles de ser contrarrestados por los militantes de base. Además los primeros son los que se llenan la boca con frases cliché de la base social y la mayoría vive de su cargo en el partido y no ha hecho trabajo de masas en décadas. Por lo tanto debemos preguntarnos; ¿el Partido es realmente un instrumento de clase? Si ni siquiera es capaz de conquistar la unidad de la izquierda, pues lo que pretende es imponer posiciones en vez de legitimarse ante el resto. No somos capaces de insertarnos en los organismos de la sociedad civil (lo que habitualmente llamamos frentes de masas) para construir desde abajo un contrapoder y una cultura liberadora. ¿Qué partido necesitamos, uno pasivo y que cae en todos los vicios sistémicos o uno que sea el germen de una nueva sociedad, que sepa hacer política y por lo tanto sea visto como alternativa por los sectores populares?
Nuestra lucha debe ser por lo segundo, por transformar nuestro partido en un verdadero príncipe moderno (3).
Tupac Amarú
(1) Término usado por Miguel Enríquez y el MIR para referirse a la dictadura militar.
(2) Transformismo político y Revolución Pasiva son términos incorporados al marxismo por Antonio Gramsci.
(3) Término que usa Antonio Gramsci para denominar al Partido que le corresponde el rol histórico de crear una nueva concepción de mundo de la sociedad. Lo hace parafraseando a Maquiavelo.

EVO MORALES, ¿REVOLUCIÓN ANDINA O DESARME DE LA REVOLUCIÓN?

Las fuerzas de izquierda más significativas de Latinoamérica han depositado una esperanzadora mirada en lo que para muchos “escépticos” y “realistas” liberales y pequeño burgueses consideran una locura o una demostración de la “ignorancia” del pueblo boliviano, o quizás la efectividad del extremado populismo de las izquierdas “no serias” de la región; la asunción de un “caudillo” del indigenismo en la mediterránea nación hermana, la llegada al poder estatal de un referente de la izquierda y el progresismo latinoamericanos. Sin duda Evo Morales ha causado conmoción y expectación, cuestión que no es casual, al contrario, pues la prensa burguesa ha dado un alto interés mediático al mandatario altiplánico de una manera casi premeditada. Es como si la farándula política, diseñada para separar la vida de los “politólogos” (como normalmente denomina Morales a los “profesionales” de la política) de la del resto de la chusma, hubiese encontrado un jugoso yacimiento de espectáculo en el dirigente cocalero.
El nuevo gobierno de Evo Morales ha llegado tras una serie de movilizaciones que han socavado la legitimidad de todas las instituciones demo-burguesas del país. La incapacidad que los consecutivos gobiernos liberales han tenido para resolver la precariedad del sistema colonial y capitalista en Bolivia ha desenmascarado el carácter de clase (burguesa) de los mismos, contra la ilusión de un Estado-sociedad, que sea de y para todos los sectores (clases). Precisamente el triunfo del MAS (Movimiento Al Socialismo) es la expresión de la lucha de las diversas clases oprimidas que han sido protagonistas de la vida política boliviana ya desde hace muchos años, pero no precisamente la representación fehaciente del movimiento revolucionario creciente, que pretendió romper con la institucionalidad misma, anidado en ellas.
La verdad es que el MAS, fracción del movimiento indígena de la Falange Socialista Boliviana (con tinte de derecha), pretendió dar coherencia a las reivindicaciones de un sector específico de los bolivianos; los cocaleros y demás indígenas campesinos, de gran presencia en la escena política. Para ello tornó las exigencias corporativas en una estrategia política cristalizada en su orgánica partidaria electoralista, a través del discurso “socialista” que se orientaba precisamente a cuestionar las políticas sumisas al imperialismo de los gobiernos de la burguesía, que tanto perjuicio causaban al campesinado indígena. Pero dicho discurso “socialista” fue degenerando, a medida que el Estado burgués se hacía más permeable a “abrazar” las exigencias indigenistas, en una moralina de conciliación y unidad nacional y nacionalista, un gran frente valórico por la defensa de la institucionalidad “democrática” (burguesa).
Con esto pretendió dirigir la multitud de luchas sociales a partir de su “revolución cultural”, aún bajo la carátula de socialismo. Pero la verdad es que, contando ya con un claro protagonismo en las elecciones, y dirigentes al nivel de Morales, abandonó el discurso de radicalidad, e incluso la costumbre de ser un movimiento horizontal y desde abajo, priorizando entonces por la conquista electoral desde arriba. Es así como ahora su socialismo no tiene otra identidad que la del valórico; “ Es un modelo económico basado en la solidaridad, la reciprocidad, la comunidad y el consenso. Porque la democracia es para nosotros un consenso.” , nos dice Morales.
En la misma línea hoy es gobierno de dos sectores del país; el campesinado indígena al que dirige y los profesionales e intelectuales de izquierda. La clase campesina entonces, orientada mayoritariamente por el MAS, junto con los profesionales e intelectuales de las capas medias y la pequeña burguesía, quienes dan un toque más tecnócrata a la administración, se posicionaron como un catalizador moderador de la multitud de sectores y clases que dieron a Bolivia una clara orientación de lucha y poder revolucionario.
En la banca quedaron dichos otros sectores que no supieron dirigir la fuerte coyuntura revolucionaria del país, como la COB (Central Obrera Boliviana), la FEJUVE (Federación de Juntas de Vecinos de El Alto) y el MIP (Movimiento Indígena Pachakutik), entre otros. Los primeros se obstinaron en dejar exclusivamente en manos de obreros el destino del movimiento, no solo su vanguardia, cuestión que significó la reticencia del campesinado indígena a incentivar un proyecto de la central; los pobladores de El Alto han sido indiscutidamente un fuerte golpe a la burguesía en cada sublevación, pero no han pasado aún por sobre las meras exigencias a los gobiernos; mientras que el indigenismo anti-capitalista del MIP se ha visto fuertemente mermado por la adhesión del campesinado al MAS con la división de la Confederación Sindical Unificada de los Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB).
Pero la tentativa direccional timorata del “socialismo” masista no solo es una forma de conducción desde las clases más moderadas de la lucha social (campesinos, indígenas e intelectuales), junto con otros grupos como el MSM (Movimiento Sin Miedo), el PSD (Partido Socialista Democrático), el PCMLB (Partido Marxista Leninista de Bolivia –maoísta) y la CONAPYME (Confederación Nacional de la Pequeña y Mediana Empresa), orientada a una revolución de las clases excluidas. Desde el asenso a la presidencia de parte de Morales, constantemente se ha reiterado el claro camino que han escogido sus dirigentes, y no es precisamente una intención revolucionaria la que se divisa en el horizonte. Bajo el eufemismo de una “revolución democrática” como paso previo a la revolución socialista (cuento viejo del marxismo quietista de la II Internacional y “otros varios”), los más radicales del actual oficialismo defienden las posturas del estratega del gobierno, el Vicepresidente Álvaro García, intelectual de izquierda, quien sin titubeo ha manifestado que no están “… contra el libre mercado…”, sino que son “… partidarios de un modelo socialista con un capitalismo boliviano…” . En la misma línea, García ha amenazado con reprimir a la “izquierda radicalizada”, expresión de los mismos movimientos político-sociales revolucionarios que en su momento hicieron caer a Sánchez de Losada y Carlos Mesa.
En efecto, el nuevo gobierno ha optado por la reforma parcial del sistema para satisfacer parcialmente también las exigencias de la multitud de movimientos sociales y políticos del país, los que dejaron las condiciones para su triunfo tras declinar como eventuales dirigentes de la revolución, echándose, en definitiva, sus exigencias al bolsillo. El 50/50 propuesto para la nacionalización de los hidrocarburos (o sea, quedando un 50% aún para las transnacionales), la protección de la propiedad privada de la tierra, la exclusión de los colectivos, que no sean partidos políticos, de la Asamblea Constituyente , la posibilidad abierta para un TLC con EEUU, el manejo de políticas desde las cúpulas con los empresarios negándose a recibir a los movimientos sociales como la FEJUVE , etc., son todas manifestaciones de un perfecto continuismo neoliberal del gobierno de Morales y García. Tal parece que el temor del imperialismo yankee expresado en la “crisis de los misiles” (en que el gobierno de Rodríguez entregó a EEUU 28 misiles chinos con la excusa de estar de baja, antes de la asunción de Morales) y de la pequeño burguesía liberal latinoamericana ahora no pasa de ser una anécdota y un prejuicio, pues hasta el momento Evo se perfila como un claro representante de la “izquierda seria” latinoamericana (Lagos, Lula, Kirchner, Vásquez).
La orientación teórica ha sido dejar en manos de la burguesía las exigencias incumplidas de largos años de sufrimiento en Bolivia, una revolución “democrática” y “capitalista”, tras un tinte “ético socialista“, que en casi dos siglos no se ha cumplido según los ideólogos del inmovilismo social masista. Ningún sector, salvo la COB , se ha determinado a generar un salto cualitativo, dejar en manos de obreros y campesinos dichas exigencias a través de la revolución socialista, pero la central se excluye a si misma al pretender someter en vez de cautivar a sus compañeros de armas; el campesinado indígena. La creación novedosa y heroica del socialismo latinoamericano no debe ser una fórmula ni de etapismo, que constantemente ha fracasado en la historia, ni de exclusivismo obrero, tendencia trotskista que particularmente en Bolivia fracasó en el 52' , puesto que las condiciones de la diversidad de clases y matices de clase en Bolivia requiere de un poder contra hegemónico desde abajo que dirija la revolución, el salto cualitativo al gobierno de la democracia obrera, campesina y popular, y que hasta ahora no ha dado manifestaciones objetivas serias de conducción de parte del proletariado. No por ello hemos de avalar la renuncia clara al futuro socialista y a la oportunidad de revolución, ni siquiera sustentada en la imposibilidad por “factores objetivos” (ejército reaccionario), porque sólo la construcción heroica del contrapoder popular, aprehendido tras siglos de derrotas, que nos guía a la generación y no a la espera de dichos “factores objetivos”, distingue a un auténtico gobierno revolucionario; Evo y el MAS claramente no están en esta línea.

(1) Heinz Dieterich. “Evo Morales, el socialismo comunitario y el Bloque Regional de Poder”, en www.rebelion.org

LAGOS Y LA GOBERNABILIDAD

Fernando de la Cuadra (*)

Sólo hay que certificarlo. La administración Lagos concluye con una alta aprobación y el propio presidente goza de una excelente popularidad al término de su mandato (75%). Es casi un lugar común apuntar que el triunfo de Bachelet, el pasado 15 de enero, es tributario de este alto índice aprobatorio por parte de los ciudadanos.
No haremos un examen pormenorizado de los éxitos del gobierno, pero es bueno mencionar algunos de sus logros más significativos. En estos seis años de mandato -el tercer periodo de gobierno de la Concertación- la economía del país se ha recuperado satisfactoriamente después de la crisis de fines de los noventa, con un crecimiento sostenido del PIB en los últimos años, alcanzando el 6% en 2005 y con proyecciones de crecimiento de un 5,5% para el presente año.
Chile ha firmado tratados de libre comercio con importantes socios comerciales: Estados Unidos, Unión Europea y China. En cuanto a infraestructura, muy probablemente este gobierno sea recordado como el que realizó los mayores avances en la red vial, en los transportes y en las telecomunicaciones. Entre ellos destaca la puesta en circulación del Transantiago, el programa más ambicioso de organización del transporte urbano conocido hasta ahora en el país: cientos de buses articulados, dos nuevas líneas de metro, decenas de kilómetros de autopistas que cruzan o circunvalan la capital Santiago. A todas luces, Chile es un país bastante más moderno que hace una década. En el ámbito social se reconocen los esfuerzos del gobierno por disminuir el porcentaje de familias en situación de pobreza e indigencia a través de un basto conglomerado de políticas sociales y la creación de instituciones ad hoc como Chile Solidario, Chile Barrio, Servicio País y la Fundación Nacional para la Superación de la Pobreza [1].
Y sin embargo, hasta el propio presidente Lagos reconoce que quedaron importantes compromisos en el tintero. Los representantes del gobierno son conscientes de que no es posible dejarse llevar por una especie de placentera autocomplacencia a la que se ven tentados algunos políticos de la Concertación y funcionarios del aparato gubernamental.
Por lo mismo, un balance ponderado del Gobierno Lagos debe considerar que a pesar de todo lo realizado en términos de política económica, superávit fiscal, estabilidad macroeconómica, integración y acuerdos de libre comercio, infraestructura, innovación tecnológica, etc., el gobierno quedó en deuda en muchos aspectos que fueron objeto de promesas de la campaña presidencial de 1999. Quizás la más evidente y reconocida por todos los sectores sea la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza que sigue imperando en el país, a pesar de que se ha conseguido reducir el porcentaje de familias bajo la línea de pobreza.
En otro ámbito, una preocupación transversal a todos los partidos y agrupaciones sociales, dice relación con el tema de la llamada crisis de la participación ciudadana o inercia social que viene afectando a amplias parcelas de la población.
En una reciente investigación realizada por la Red Interamericana para la Democracia se concluye que el 56% de los chilenos no participa en ningún tipo de organización. De aquellos que participan, la mayor parte (29%) lo hace en una sola organización. Y de aquellos que lo hacen en una o más organizaciones, el 34% lo hace en grupos religiosos, el 22% en clubes deportivos y sólo un 2% en partidos políticos.
¿Cuál podría ser el origen de esta escasa participación en un país que hace unas décadas representaba un modelo de participación cívica y política para la región? ¿El problema refleja fundamentalmente la falta de interés, la desmotivación, el egoísmo de las personas, o es más bien la escasez de tiempo, la desconfianza o el miedo de intervenir en asuntos públicos? En primer lugar, este fenómeno complejo posee diversas lecturas y dimensiones que interaccionan y que aquí trataremos de analizar a partir de tres claves interpretativas.
Por una parte, esta situación de apatía se suele explicar en América Latina como una herencia "exitosa" de la ideología pregonada por los regímenes militares. Es el triunfo de la permanente campaña en torno al desprestigio de la política y de los políticos como actividad desprovista de una ética del bien común y el servicio público. La política es vaciada de su contenido propositivo y transformador y reducida a una actividad de sujetos en busca de poder y beneficios pecuniarios individuales. Esta dimensión, ampliamente difundida por dichos regímenes, se fusionó con el ideario individualista de las sociedades contemporáneas. En la actual coyuntura de un mundo altamente competitivo, los sujetos son prácticamente empujados a movilizarse por asuntos puramente privados, que restringen su acción cotidiana a una lucha por la supervivencia personal y de su grupo familiar. El trabajo, la estabilidad laboral, la mejoría en las condiciones de vida a través del consumo y el endeudamiento, son verdaderas trampas que recluyen a los actores a proyectos de corto plazo alejados de cualquier perspectiva colectiva. La inercia se debe en realidad a las restricciones impuestas por la propia estrategia de supervivencia desplegada por los ciudadanos-consumidores, que impide a las personas a involucrarse en cuestiones de interés público.
A este panorama se agrega un tercer factor que se suma al desprestigio de la política, pero con otro signo: la defensa de la institucionalidad y de la estabilidad democrática, que por una parte supera los traumas autoritarios del pasado ("aprendizaje doloroso") y así, se afirma, permite una reinserción privilegiada de nuestro país en el concierto internacional. En este sentido, la insuficiente participación puede ser entendida en gran parte como un producto del desmedido celo puesto por el gobierno en torno a esta especie de sacralización de la gobernabilidad. Esta preocupación por la capacidad gubernativa no tiene un enfoque de cuño conservador como el esgrimido por Huntington hace ya casi cuatro décadas [2].
La gobernabilidad que emerge en este caso, posee más bien un sentido resolutivo. El gobierno se ha dedicado a resaltar que los problemas de la población son en su gran mayoría cubiertos por los órganos competentes de la máquina del Estado. Parece como si todas las demandas de la ciudadanía pudieran ser resueltas por un gobierno "legitimo y eficiente", que no requiere de movilizaciones de la sociedad civil. En tal caso, para algunos personeros de gobierno -como el Ministro de Hacienda- las presiones realizadas por los movimientos sociales podrían afectar tanto las finanzas públicas como el buen desempeño de la economía, y en consecuencia ejercer un impacto directo sobre el índice de riesgo-país. Así planteada la cuestión, resulta una especie de falso dilema entre la satisfacción de necesidades inmediatas y la participación ciudadana, puesto que no es necesaria esta última, si las carencias y aspiraciones de las personas son abordadas con antelación por cuadros técnicos de alta competencia dedicados a resolver las aspiraciones de la gente.
Por tanto, la principal preocupación del Estado parece dirigirse a la sustentación de la capacidad de gobernar estimulando a los movimientos sociales a mantener un bajo perfil en su demanda o acción contestataria. A diferencia de la noción conservadora, en este caso no existe ninguna intención de limitar la expresión de dicha demanda. Pero, ahora se recalca el carácter impropio que ella posee, en virtud de la capacidad que tiene la autoridad de anticiparse a las necesidades del pueblo y de esa manera ofrecer las soluciones más rápidas y adecuadas a cada situación particular. Así, el gobierno esta premunido de equipos de expertos y de un conjunto de estudios que permiten abordar con efectividad y eficiencia, las carencias y necesidades que aquejan a la población. Es la manifestación más perversa de las buenas intenciones. Tal parece que el carácter de la inclusión democrática de la ciudadanía se restringiera a su credencial de "beneficiarios" de programas sociales, donde la dimensión política de la ciudadanía queda reducida a su aspecto social y queda plenamente satisfecha por esa vía.
Aunque en el discurso oficial el gobierno central reconozca la importancia de la participación ciudadana, ésta es en la práctica muy reducida. En el papel, se señala que los ciudadanos deben participar activamente en la ejecución de los diversos programas y proyectos, que los sistemas de control y de prestación de cuentas de las autoridades representan un componente fundamental de la democracia o que no se puede construir democracia sin la ingerencia de los ciudadanos, pero en la realidad el gobierno no ha estimulado en ninguna circunstancia la participación real -y muchas veces incómoda- de las personas, en los diversos campos donde se debe expresar. En rigor, las autoridades han propiciado más bien el desanimo.
Al final, existe una especie de gobernabilidad hipertrofiada que termina siendo una verdadera coartada para los apóstoles del "orden institucional" e instala un énfasis desmedido en el funcionamiento de las instituciones democráticas como garantes del consenso social. Vis-à-vis, la abdicación del conflicto como parte estructuradora de la sociedad, enuncia sin mayores artilugios la desconfianza que albergaba el gobierno de Lagos en la capacidad que tienen las personas y las organizaciones de ejercer reflexivamente su derecho a la participación e influir en las decisiones políticas que afectan su propio destino. Tal como se proclamó durante la campaña de la candidata del oficialismo, éste -junto con la equidad- es uno de los más importantes desafíos que debe afrontar el cuarto gobierno de la Concertación.

Notas
(*) Fernando de la Cuadra é sociólogo e professor do Departamento de Ciências Sociais da Universidade Jesuíta Alberto Hurtado.
[1] Chile Solidario es un sistema de protección social para apoyar a las familias más pobres; Chile Barrio esta destinado a mejorar las condiciones de la vivienda y su entorno en asentamientos precarios; Servicio País es un programa en el cual profesionales jóvenes voluntarios se instalan durante un determinado tiempo en zonas rurales y pobres del país.
[2] En resumen, para este autor, la estabilidad política de un país se rompe al no existir una institucionalidad capaz de soportar el nivel creciente de demandas de diversos actores sociales y políticos. Dicha institucionalidad acaba siendo sobrepasada por quienes irrumpen con nuevas reivindicaciones en el escenario nacional, llevando al colapso del sistema democrático. De esta forma, el problema de la gobernabilidad de la democracia apunta necesariamente a la restricción que el sistema debe imponer a sus ciudadanos, para que los decurrentes "excesos" expresados sean debidamente controlados y limitados por la autoridad estatal.

CARLA, UNA RUBIA DE PAQUETE

JENNIFER KORBIN: SENSUAL COLORINA

ANGELIQUE: TREMENDA